¿Cual es el Efecto Rebote de una Dieta para Adelgazar? ¿Y su Efectividad a Largo Plazo?
Fecha: 19/02/08
Tanto en los modelos de tratamiento cíclico como en muchos otros se observa a menudo el llamado efecto de rebote en algunas dietas para adelgazar, que consiste en alcanzar un peso mayor que el inicial durante la realimentación posterior a un período de dieta.
En un tratamiento cíclico de dieta hipocalórica con rebote, no se consigue adelgazar, el resultado es un incremento escalonado del peso a lo largo del tiempo, coincidiendo con los períodos de dieta; un efecto a medio o largo plazo exactamente opuesto al que se pretendía lograr.
Este efecto de rebote es muy común y produce una seria desesperanza para los que quieren adelgazar, unida a un claro incremento de la obesidad al mejorar la capacidad de adaptación del cuerpo frente a dietas con menor contenido energético, lo que deja una parte de la dieta libre para su acumulación en forma de reservas si los sistemas de ajuste del peso corporal lo consideran adecuado. El rebote tiene una cierta lógica si lo contemplamos desde un punto de vista estrictamente biológico: si se suceden en el tiempo una serie de períodos de insuficiente aporte calórico con la dieta que obligan a echar mano de las reservas cada vez, ¿no resulta lógico y razonable que el organismo trate de adaptarse a dicha situación?
La adaptación tiene dos frentes:
La mayor acumulación de grasas en el rebote se puede entender mejor si se tiene en cuenta que todos los sistemas del organismo sufren una cierta penuria de energía durante el período de dieta hipocalórica; la síntesis de grasas está prácticamente detenida por falta —entre otras cosas— de substratos con los que sintetizarla, así como por un ambiente hormonal que favorece la degradación.
La llegada súbita de alimento abundante cambia inmediatamente el ambiente hormonal y aumentan los niveles de insulina, con lo que se favorece la conversión de glucosa en grasas y la rápida incorporación de éstas al tejido adiposo; además como hay suficiente cantidad de substratos energéticos y el cuerpo aún está en fase de ahorro de energía, la posibilidad de repleción de las reservas —y la acumulación de grasa aún más allá— es inmediata y se cumple rápidamente.
Con el tiempo, los sistemas de control del peso corporal deberían hacer desaparecer la mayor cantidad de la grasa acumulada en el efecto rebote, pero si se suceden rápidamente otros períodos de dieta hipocalórica se interfiere este mecanismo de control y esta acumulación de reservas puede hacerse más permanente.
El peligro de cronificación de la utilización de dietas es muy serio, de graves consecuencias para el individuo y para la sociedad, y, salvando las muchas distancias cualitativas y cuantitativas, se podría asemejar a la utilización indiscriminada de antibióticos, que permite la proliferación de cepas microbianas resistentes de impredecible efecto en el futuro.
En este caso el acostumbramiento a las dietas para perder peso es algo más limitado en sus consecuencias: afecta sólo a una persona cada vez y no se puede transmitir, pero puede afectar en paralelo a muchas personas, hasta el punto de convertir un cierto sobrepeso de raíces raciales, fisiológicas o con cualquier otra causa en una auténtica epidemia de obesidad para la que no hay soluciones inmediatas.
Los tratamientos con dietas hipocalóricas deben reservarse, por tanto, para los casos en que sea necesario recurrir a ellos, desarrollarlos con decisión y efectividad bajo estricto control y evitar las repeticiones próximas y la perniciosa cronificación, atenuando al máximo los efectos de rebote mediante cambios permanentes en los hábitos alimentarios cuando éstos sean precisos o aumentando paulatinamente el contenido energético de la dieta para evitar transiciones bruscas que puedan desencadenar la súbita acumulación de reservas grasas.
El peligro de la ciclicidad de las dietas y el rebote ha llevado a considerar el seguimiento de dietas hipocalóricas para adelgazar como una de las principales causas de obesidad del Primer Mundo; probablemente haya bastante de cierto en esta teoría, pero las generalizaciones no son válidas para explicar situaciones específicamente individuales.
Hay casos perfectamente demostrados en la literatura científica, aunque no sean tan abundantes como todos quisiéramos, en los que las dietas hipocalóricas, habitualmente aplicadas en períodos consecutivos tras breves etapas de alimentación normal, han conseguido adelgazar de modo permanente, sin secuelas y sin cambios importantes de modo de vida, a personas inicialmente obesas.
Por tanto, tienen razón los que dicen que las dietas hipocalóricas pueden curar la obesidad; y también los que dicen que no pueden hacerlo.
Es una simple cuestión de porcentajes: a los 5 o 10 años de un tratamiento de la obesidad —en esto las dietas tienen prácticamente la misma efectividad que los demás métodos para adelgazar, salvo tal vez los quirúrgicos—, según la mayoría de los estudios realizados, menos de un 5 % de los pacientes mantiene pérdidas de peso dentro del margen de la mitad de las que alcanzaron al finalizar el tratamiento.
Para estos sí han funcionado las dietas, pero para el restante 95 % aproximadamente el esfuerzo realizado no ha servido de gran cosa.
Buena parte de los «éxitos» en el adelgazamiento se debe a que los individuos afectados mantienen una permanente dieta hipocalórica durante el resto de sus vidas.
No se tienen datos sobre el porcentaje de los que han empeorado su situación, ni tampoco de aquellos a los que un tratamiento mal planteado o inadecuado les ha producido daños o incluso la muerte, algo más peligroso si cabe.
En un tratamiento cíclico de dieta hipocalórica con rebote, no se consigue adelgazar, el resultado es un incremento escalonado del peso a lo largo del tiempo, coincidiendo con los períodos de dieta; un efecto a medio o largo plazo exactamente opuesto al que se pretendía lograr.
Este efecto de rebote es muy común y produce una seria desesperanza para los que quieren adelgazar, unida a un claro incremento de la obesidad al mejorar la capacidad de adaptación del cuerpo frente a dietas con menor contenido energético, lo que deja una parte de la dieta libre para su acumulación en forma de reservas si los sistemas de ajuste del peso corporal lo consideran adecuado. El rebote tiene una cierta lógica si lo contemplamos desde un punto de vista estrictamente biológico: si se suceden en el tiempo una serie de períodos de insuficiente aporte calórico con la dieta que obligan a echar mano de las reservas cada vez, ¿no resulta lógico y razonable que el organismo trate de adaptarse a dicha situación?
La adaptación tiene dos frentes:
- Por un lado, aumenta la capacidad de ajuste a la situación hipocalórica, se produce una mayor rapidez de disminución del gasto energético, que puede llegar a hacerse en parte permanente.
- Por otro lado, aumenta el volumen de reservas como mejora de la capacidad de hacer frente a los repetidos períodos de insuficiencia energética de la dieta y además porque, al bajar el gasto energético, hay más energía disponible para acumular grasa en los períodos de disponibilidad de alimento.
La mayor acumulación de grasas en el rebote se puede entender mejor si se tiene en cuenta que todos los sistemas del organismo sufren una cierta penuria de energía durante el período de dieta hipocalórica; la síntesis de grasas está prácticamente detenida por falta —entre otras cosas— de substratos con los que sintetizarla, así como por un ambiente hormonal que favorece la degradación.
La llegada súbita de alimento abundante cambia inmediatamente el ambiente hormonal y aumentan los niveles de insulina, con lo que se favorece la conversión de glucosa en grasas y la rápida incorporación de éstas al tejido adiposo; además como hay suficiente cantidad de substratos energéticos y el cuerpo aún está en fase de ahorro de energía, la posibilidad de repleción de las reservas —y la acumulación de grasa aún más allá— es inmediata y se cumple rápidamente.
Con el tiempo, los sistemas de control del peso corporal deberían hacer desaparecer la mayor cantidad de la grasa acumulada en el efecto rebote, pero si se suceden rápidamente otros períodos de dieta hipocalórica se interfiere este mecanismo de control y esta acumulación de reservas puede hacerse más permanente.
El peligro de cronificación de la utilización de dietas es muy serio, de graves consecuencias para el individuo y para la sociedad, y, salvando las muchas distancias cualitativas y cuantitativas, se podría asemejar a la utilización indiscriminada de antibióticos, que permite la proliferación de cepas microbianas resistentes de impredecible efecto en el futuro.
En este caso el acostumbramiento a las dietas para perder peso es algo más limitado en sus consecuencias: afecta sólo a una persona cada vez y no se puede transmitir, pero puede afectar en paralelo a muchas personas, hasta el punto de convertir un cierto sobrepeso de raíces raciales, fisiológicas o con cualquier otra causa en una auténtica epidemia de obesidad para la que no hay soluciones inmediatas.
Los tratamientos con dietas hipocalóricas deben reservarse, por tanto, para los casos en que sea necesario recurrir a ellos, desarrollarlos con decisión y efectividad bajo estricto control y evitar las repeticiones próximas y la perniciosa cronificación, atenuando al máximo los efectos de rebote mediante cambios permanentes en los hábitos alimentarios cuando éstos sean precisos o aumentando paulatinamente el contenido energético de la dieta para evitar transiciones bruscas que puedan desencadenar la súbita acumulación de reservas grasas.
El peligro de la ciclicidad de las dietas y el rebote ha llevado a considerar el seguimiento de dietas hipocalóricas para adelgazar como una de las principales causas de obesidad del Primer Mundo; probablemente haya bastante de cierto en esta teoría, pero las generalizaciones no son válidas para explicar situaciones específicamente individuales.
Hay casos perfectamente demostrados en la literatura científica, aunque no sean tan abundantes como todos quisiéramos, en los que las dietas hipocalóricas, habitualmente aplicadas en períodos consecutivos tras breves etapas de alimentación normal, han conseguido adelgazar de modo permanente, sin secuelas y sin cambios importantes de modo de vida, a personas inicialmente obesas.
Por tanto, tienen razón los que dicen que las dietas hipocalóricas pueden curar la obesidad; y también los que dicen que no pueden hacerlo.
Es una simple cuestión de porcentajes: a los 5 o 10 años de un tratamiento de la obesidad —en esto las dietas tienen prácticamente la misma efectividad que los demás métodos para adelgazar, salvo tal vez los quirúrgicos—, según la mayoría de los estudios realizados, menos de un 5 % de los pacientes mantiene pérdidas de peso dentro del margen de la mitad de las que alcanzaron al finalizar el tratamiento.
Para estos sí han funcionado las dietas, pero para el restante 95 % aproximadamente el esfuerzo realizado no ha servido de gran cosa.
Buena parte de los «éxitos» en el adelgazamiento se debe a que los individuos afectados mantienen una permanente dieta hipocalórica durante el resto de sus vidas.
No se tienen datos sobre el porcentaje de los que han empeorado su situación, ni tampoco de aquellos a los que un tratamiento mal planteado o inadecuado les ha producido daños o incluso la muerte, algo más peligroso si cabe.





Sonia escribió:
Hago cardio tambien para contrarestar un poco la dieta si la sigo? o basta con andar un poco durante el dia? respondeme cuando puedas, gracias