Lo mismo puede decirse de los accidentes vasculares cerebrales, en los que las malignas asociaciones de la obesidad son los principales factores de riesgo. Si a todo esto se le añade el hábito de fumar, las probabilidades de morbilidad —incluso de mortalidad— por estas causas se disparan para los obesos.

La propia masa corporal aumentada del obeso constituye una sobrecarga para su sistema respiratorio, que debe funcionar con un nivel de eficiencia y actividad más elevado que si se tratara de servir a un cuerpo de menor tamaño.

Por esta razón, cuando se produce una limitación de la capacidad pulmonar por enfermedad obstructiva, tanto crónica como aguda —o incluso en el ejercicio intenso—, el margen de seguridad empequeñece o llega a desaparecer, produciéndose entonces problemas de falta de oxígeno en los tejidos que se complican con la insuficiencia cardiocirculatoria.
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La elevada cantidad de grasa abdominal también dificulta los movimientos del diafragma; cuando un obeso se inclina, la gran masa abdominal presiona sobre el diafragma, disminuyendo el volumen pulmonar, de modo que éste dificulta muy seriamente la respiración en esta posición.

Esto contribuye a la relativa invalidez de los que tienen obesidades masivas, incapaces incluso, en ocasiones, de ponerse unos calcetines.

En los grandes obesos es muy común la existencia de trastornos respiratorios durante el sueño, con la repetición masiva de breves —o no tan breves— períodos de apnea —falta de respiración—, que se resuelven espontáneamente por los mecanismos de seguridad del sistema que controla la respiración, pero que en casos graves pueden dejar incluso algunos minutos a la sangre sin aporte nuevo de oxígeno, lo que produce períodos de insuficiencia de transporte de oxígeno a los tejidos cuyas consecuencias pueden ser graves.

Esta apnea del sueño va acompañada de una falta relativa de sueño —con somnolencia diurna— y de fuerte relajación de la musculatura de las vías aéreas superiores, lo que da lugar a ronquidos. La combinación de la apnea y los ronquidos irregulares puede llegar a poner a prueba la capacidad de resistencia de quienes comparten lecho con personas que sufren esta alteración.

Se dice que las personas que sufren una disminución constante de la capacidad respiratoria por estas causas y que por ello presentan una constante somnolencia sufren el síndrome de Pickwick, en honor del personaje de Dickens que respondía exactamente a estas características.

Por lo que respecta al aparato digestivo, la obesidad está ligada a los problemas con la vesícula biliar, consecuencia de la eliminación de una mayor proporción de colesterol —con respecto a los ácidos biliares en la bilis, lo que lleva a una mayor incidencia de cálculos en la vesícula biliar.

La mayor deposición de grasa en el abdomen también ejerce una presión mayor sobre las paredes abdominales, lo que incrementa la probabilidad de que se produzcan hernias, y sobre el estómago, por lo que la incidencia de reflujo esofágico es mayor entre los obesos.

El exceso de peso afecta seriamente a la capacidad de movimiento y de realización de ejercicio, no sólo por el simple efecto ponderal mecánico, sino también y sobre todo por la insuficiencia de los aparatos circulatorio y respiratorio.

Pero el aparato locomotor no se libra de los problemas causados por la obesidad ya que los huesos de las piernas —y la columna vertebral— han de soportar a menudo un peso mucho mayor de aquel para el que están previstos en principio, lo que favorece las roturas óseas y musculares, sobre todo la tendinitis y las lesiones en las articulaciones de cadera, rodilla y pie. La obesidad puede también agravar los síntomas de las artrosis al limitar la movilidad.

La piel también sufre con la obesidad; cualquier ejercicio provoca la necesidad de eliminar grandes cantidades del calor producido en la acción muscular, cosa que se ve dificultada por la insuficiencia circulatoria y por la menor extensión relativa de piel con respecto a la masa del obeso.

Un tono parasimpático algo más elevado en la obesidad conduce también a una mayor producción de sudor, a veces masiva, que se combina con la proximidad de la piel de las extremidades con el tronco y en la ingle para dejar espacios muy cerrados, con escasa aireación, que favorecen la proliferación bacteriana: esta proximidad da lugar también a fenómenos de roce.

En los pies, que deben soportar un importante sobrepeso, la compresión y el roce contra las estructuras del calzado produce —con facilidad— daños en la piel que pueden ser extremadamente peligrosos —por la dificultad de cicatrización— en los que además son diabéticos.

La obesidad aumenta el riesgo de algunos tipos de cáncer: colon y próstata en hombres; endometrio, ovario y mama en mujeres.

Buena parte de estos tipos de cáncer son dependientes de la secreción de estrógenos, por lo que es de esperar que una mayor secreción de éstos —por una masa de tejido adiposo mayor— favorezca su desarrollo.

En conjunto, la incidencia de cáncer en hombres con obesidad manifiesta no pasa de ser un tercio mayor que la de la población no obesa, factor que aumenta aproximadamente un 50% en el caso de las mujeres.

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