Se siguen utilizando dietas hipocalóricas para conseguir la pérdida de peso en personas obesas o con sobrepeso porque invariablemente pierden algo de peso cuando se someten a dichas dietas.

Las posibles consecuencias de esta pérdida quedan a menudo en un segundo plano por el aparente éxito de que una menor ingesta produce una pérdida neta de nuestras reservas grasas.

Una dieta hipocalórica nos aporta una cantidad de energía insuficiente para permitir nuestra normal actividad funcional, una situación que no es ocasional —como podría ser comer poco un día determinado, situación que se recupera de algún modo en días sucesivos—, sino que se da de modo continuado.
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Nuestro sistema de control del balance energético detecta este continuado déficit de energía en la ingesta y establece una serie de medidas, a menudo muy eficaces, para coregir la situación o, al menos, para que sus efectos resulten lo menos graves posibles.

Como primera medida se espolea el hambre; éste es un mecanismo efectivo que pretende descartar la posibilidad de que no ingerimos más alimento porque no nos apetece.

Al mismo tiempo, se instauran una serie de medidas destinadas a lograr la máxima supervivencia basadas en dos estrategias:

  • Conseguir superar el bache inmediato utilizando las reservas.
  • Conseguir que las reservas duren mucho tiempo.
La primera es obvia; se trata de sobrevivir a la situación de carencia de nutrientes energéticos, que se corrige echando mano de las reservas corporales: primero del glucógeno y luego de grasas y proteína, como en el ayuno

Esto implica un máximo aprovechamiento energético de los alimentos que recibimos ya que una dieta hipocalórica no es como el ayuno: en este caso, nos llega algo de energía con la dieta.

La segunda estrategia va más allá en el planteamiento de la supervivencia, pues consiste en que las reservas disponibles duren mucho tiempo; si es posible que su utilización se alargue de modo indefinido ya que el centro de control del peso corporal no tiene indicación alguna de cuánto tiempo va a durar la etapa de menor ingesta global y debe planearse la supervivencia para el más largo plazo posible.

No tendría sentido consumir en un breve espacio de tiempo todas nuestras reservas para mantener un nivel de actividad determinado y que un tiempo más tarde se produzca un fracaso total de nuestras funciones por falta de suficiente energía.

Si gastamos rápidamente nuestras reservas, puede darse el caso de que al cabo de un corto tiempo ya no podamos hacer frente a la situación planteada por la dieta hipocalórica y esto ocasione la muerte por fallo generalizado de los sistemas.

La necesidad de hacer durar las reservas al máximo es el punto clave que determina la efectividad de los métodos dietéticos para la pérdida de peso.

Es una compleja lucha contra nuestros sistemas homeostáticos, que tratan de gastar el mínimo de las reservas, enfrentándoles nuestra voluntad, que trata de que éstas disminuyan sin afectar seriamente a nuestra salud

Las primeras medidas que adopta nuestro cuerpo al prolongarse una situación de déficit calórico en la dieta —sea por hambre generalizada o por limitaciones en la dieta impuestas como terapia del sobrepeso— son las de disminuir el gasto.

Como en cualquier economía, un déficit de ingresos comporta necesariamente un recorte en los gastos para permitir que las reservas duren el máximo.

Del mismo modo, cuando se produce un aumento de los ingresos tras una época de penuria, el superávit va directamente a reforzar las reservas antes de que aumenten los gastos.

El símil económico es claro y en nuestro cuerpo sucede esencialmente lo mismo. Toda disminución del gasto implica una serie de sacrificios y la eliminación de actividades que consumen energía, por lo menos hasta el punto de que no pongan en peligro la supervivencia.

De este modo, al someternos a una dieta hipocalórica disminuye fuertemente la actividad física: da más pereza moverse, se anda menos, más cansinamente.

Disminuye fuertemente la termogénesis inducida por la dieta, que se mantiene en sus mínimos valores, por debajo de los cuales no puede ya disminuir —el calor producido en la digestión, por ejemplo—; la termogénesis inducida por el frío se mantiene de no hacerlo pondría en peligro la vida de modo inmediato—, pero se reduce su intensidad siempre que se puede, buscándose soluciones alternativas, como pueden ser abrigarse más, evitar las zonas frías, acurrucarse junto a fuentes de calor, etc.

Con dietas hipocalóricas —igual que en la malnutrición calórico-proteica— la sensación de frío es más intensa y éste afecta más a nuestro cuerpo.

Una mala —insuficiente— alimentación unida al frío ambiental produce unos efectos más serios que los que se producirían en ausencia del frío, incrementándose mucho la morbilidad y la mortalidad.

Los efectos se dejan sentir en todos los sistemas, por ejemplo en la circulación de la sangre, que en condiciones de frío es menor en las extremidades de lo que suele serlo con temperaturas más agradables.

Ello se debe a que las manos, por ejemplo, se mantienen la mayor parte del tiempo a una temperatura más baja que la del núcleo central del cuerpo —tórax, cuello, cabeza—; y que la sangre circule por las manos representa que el cuerpo pierde mucho calor.

Por otro lado, si no circula podemos perder la mano ya que sus tejidos necesitan el oxígeno y los nutrientes que transporta la sangre.

El compromiso es disminuir la circulación al mínimo para evitar pérdidas de calor innecesarias. Esto produce algunos problemas, como los dolorosos sabañones, que son algo prácticamente desconocido para las personas que reciben una dieta energéticamente suficiente, aunque estén sometidas a las mismas condiciones de frío.

Parte 2 del artículo sobre Dietas Adelgazantes: ¿Es Efectiva la Dieta Hipocalórica para Perder Peso?