¿Qué son las Dietas Absurdas y Mágicas? ¿Son Efectivas para Perder Peso?
Fecha: 22/01/08
Si hablamos de dietas para perder peso que son absurdas y mágicas puedo incluir muchas de las dietas que se utilizan actualmente para el tratamiento del sobrepeso.
Se trata habitualmente de dietas para perder peso publicadas en revistas o libros escritos para personas con formación limitada, que raras veces recurren a un buen especialista en dietas y en métodos adelgazantes.
Estas dietas para perder peso suelen ser muy sencillas de entender y seguir, no parten de grandes planteamientos científicos y basan su éxito en la presión de la autoridad del medio que las difunde, en la comunicación directa entre afectados. Siempre hay algún personaje famoso (¿o no?), un actor, presentador, cantante, etc., que aprovecha su gancho con la audiencia para asegurar que ha perdido peso o que no lo ha ganado— o simplemente que conviene cuidarse para mantenerse tan bien como él.
Estos profundos argumentos al parecer convencen mucho más a la gente que sesudas explicaciones del índice glucémico, trucos efectivos para perder peso o el papel movilizados del amonio de los cuerpos cetónicos, por lo que son innumerables las personas que los siguen.
Por supuesto, este seguimiento es muy corto en el tiempo, lo justo para demostrar a amplios sectores de tele pacientes que este nuevo método milagroso tampoco funciona —siempre cabe la duda de que no lo hace por falta de voluntad del interesado—.
Luego se olvida y en la próxima primavera —la estación de las dietas, ayunos y preparación de la carne para el asadero de las playas veraniegas— sale otra dieta para perder peso nueva, que se pone de moda, propiciada por otro famoso, que es tan absurda y estúpida, cuando no tan peligrosa, como la del año anterior.
Veamos algunos ejemplos de DIETAS ABSURDAS:
¿Cómo es posible que alguien con un mínimo de sentido común y con edad para votar se pueda creer que lo que se come antes de las ocho no engorda? ¿O que nuestro principal nutriente, la glucosa, es tóxica? ¿O que el pomelo tiene especiales —mágicas— virtudes curativas? La explicación se debe buscar en tres grandes factores:
1) La carencia real de soluciones efectivas por parte de la medicina actual para la mayoría de casos de obesidad.
2) La existencia de un activo estado de opinión sobre estos temas que hacen que cualquier tontería dicha, por ejemplo, por un segundo ayudante de becario de alguna Universidad aparezca adecuadamente maquillada —no conviene afectar demasiado los intereses de algunas de las industrias alimentarias—en toda la prensa; además, de cara a los medios de comunicación, lo light vende, las barrigas y michelines no se llevan y todo lo relacionado con la nutrición y los kilos también vende.
3) El deseo, ansia o sueño de tener éxito en una sociedad competitiva; éxito que ahora mismo exige tener una figura casi caquéctica, lo cual, para más inri —según los medios de comunicación—, además significa salud.
La combinación de estos tres factores es explosiva. La medicina se desprestigia a los ojos del ciudadano por no solucionar rápidamente los problemas de peso, por su actitud tibia frente a los excesos de los medios de comunicación y por permitir mensajes alarmistas —casi siempre falsos o exagerados— sobre alimentos.
Los medios de comunicación venden más cuando tratan estos temas; cuanta más carnaza sensacionalista sueltan, más venden y mayor influencia consiguen.
Además, en otros campos la información es veraz; por tanto, ¿por qué dudar de lo que dicen los periódicos, las revistas y la TV? Por otro lado, ¡sería tan bonito corregir todos los problemas de aspecto y relaciones interpersonales sólo con la dieta X para perder peso!
Creer en una dieta mágica es como creer que a uno le va a tocar la lotería, hay esperanza, aunque irracional.
El término «absurdo» aplicado a las dietas se refiere a la base científica a partir de la cual se edifica el planteamiento de la dieta.
Por eso son absurdas la dieta del melocotón o la del pomelo, pues no aportan explicaciones —carecen de ellas— del gran interés que centran en determinado alimento.
Pero lo absurdo es lo mágico y lo que aceptamos —o creemos— funciona sin que entendamos por qué. Lo mágico subyuga al hombre, que querría ver resueltos sus problemas de modo súbito, instantáneamente, sin esfuerzo, mágicamente.
La persona que se siente rechazada por su sobrepeso sueña con perder peso sin esfuerzo, rápidamente, consiguiendo así la sociabilidad y popularidad que le son negadas.
Por eso sueña y cae en las trampas que le tienden los avispados timadores que aseguran resultados inmediatos, seguros y efectivos por una módica contraprestación. Hay pocos métodos efectivos para perder peso, uno de los pocos es el nuestro.
El paciente quiere por encima de todo creer, centrar su ansia en una posibilidad, por remota que sea, de que le salga bien, de que adelgace con el procedimiento que se plantea; quiere mantener viva la esperanza de redención.
En épocas de depresión económica, los juegos de azar: loterías, bingos, etc., tienen un gran predicamento, sobre todo entre las clases más desfavorecidas, que esperan el milagro que resolverá sus problemas.
Tal vez la pervivencia de tanta dieta absurda o mágica —como se prefiera— tenga que ver con este deseo íntimo del que necesita corregir sus defectos.
Esta necesidad de creer en algo no siempre es torticera y utilizada para desplumar al incauto; un ejemplo positivo es el que contaron hace un par de años sobre una dieta curiosísima fue, al parecer, funcionaba bastante bien en un determinado colectivo de cocineras.
Se trata habitualmente de dietas para perder peso publicadas en revistas o libros escritos para personas con formación limitada, que raras veces recurren a un buen especialista en dietas y en métodos adelgazantes.
Estas dietas para perder peso suelen ser muy sencillas de entender y seguir, no parten de grandes planteamientos científicos y basan su éxito en la presión de la autoridad del medio que las difunde, en la comunicación directa entre afectados. Siempre hay algún personaje famoso (¿o no?), un actor, presentador, cantante, etc., que aprovecha su gancho con la audiencia para asegurar que ha perdido peso o que no lo ha ganado— o simplemente que conviene cuidarse para mantenerse tan bien como él.
Estos profundos argumentos al parecer convencen mucho más a la gente que sesudas explicaciones del índice glucémico, trucos efectivos para perder peso o el papel movilizados del amonio de los cuerpos cetónicos, por lo que son innumerables las personas que los siguen.
Por supuesto, este seguimiento es muy corto en el tiempo, lo justo para demostrar a amplios sectores de tele pacientes que este nuevo método milagroso tampoco funciona —siempre cabe la duda de que no lo hace por falta de voluntad del interesado—.
Luego se olvida y en la próxima primavera —la estación de las dietas, ayunos y preparación de la carne para el asadero de las playas veraniegas— sale otra dieta para perder peso nueva, que se pone de moda, propiciada por otro famoso, que es tan absurda y estúpida, cuando no tan peligrosa, como la del año anterior.
Veamos algunos ejemplos de DIETAS ABSURDAS:
- Una dieta para adelgazar muy famosa de hace un par de años aconsejaba comer antes de las ocho de la mañana ya que las calorías ingeridas antes de dicha hora no contaban, pero las ingeridas luego, sí.
Si este tipo de planteamiento fuese cierto tendríamos que procurar no dar leche a los bebés durante la noche, pues la energía así obtenida no les aprovecharía en su desarrollo.
Este es un ejemplo de dieta realmente absurda, difícilmente superable en este aspecto, aunque no demasiado peligrosa. - Otra idea sin base científica es la de que comiendo una sola vez al día se puede perder peso.
Por eso hay algunos charlatanes que preconizan la dieta de la comida única.
Si esta comida es hipocalórica se conseguirá una reducción de peso comparable al de otras dietas hipocalóricas, aunque el cuerpo aprovecha mejor los alimentos tomados de una sola vez que cuando se ingieren en diversas tomas a lo largo del día. Si la comida —única— es opípara no se consigue ningún adelgazamiento sino, tal vez, el efecto contrario. - Otra suposición no avalada por la ciencia es la que preconizan las diversas dietas que recomiendan tomar los alimentos crudos.
Si bien es cierto que algunos alimentos crudos se aprovechan algo menos, hay que señalar que esto se refiere sobre todo a la proteína y a los micro componentes, precisamente los nutrientes que más debemos cuidar, sobre todo en situaciones e restricción alimentaria.
Tomar verduras crudas para perder peso es equivalente a no aprovecharlas ni como fuente de energía ni en su aportación de micro nutrientes.
Las carnes crudas son peligrosas desde punto de vista sanitario por la posible presencia de parásitos o contaminantes bacterianos.
En definitiva, comer los alimentos crudos para bajar de peso no es nada recomendable y puede ocasionar diversos déficit o problemas de infección.
¿Cómo es posible que alguien con un mínimo de sentido común y con edad para votar se pueda creer que lo que se come antes de las ocho no engorda? ¿O que nuestro principal nutriente, la glucosa, es tóxica? ¿O que el pomelo tiene especiales —mágicas— virtudes curativas? La explicación se debe buscar en tres grandes factores:
1) La carencia real de soluciones efectivas por parte de la medicina actual para la mayoría de casos de obesidad.
2) La existencia de un activo estado de opinión sobre estos temas que hacen que cualquier tontería dicha, por ejemplo, por un segundo ayudante de becario de alguna Universidad aparezca adecuadamente maquillada —no conviene afectar demasiado los intereses de algunas de las industrias alimentarias—en toda la prensa; además, de cara a los medios de comunicación, lo light vende, las barrigas y michelines no se llevan y todo lo relacionado con la nutrición y los kilos también vende.
3) El deseo, ansia o sueño de tener éxito en una sociedad competitiva; éxito que ahora mismo exige tener una figura casi caquéctica, lo cual, para más inri —según los medios de comunicación—, además significa salud.
La combinación de estos tres factores es explosiva. La medicina se desprestigia a los ojos del ciudadano por no solucionar rápidamente los problemas de peso, por su actitud tibia frente a los excesos de los medios de comunicación y por permitir mensajes alarmistas —casi siempre falsos o exagerados— sobre alimentos.
Los medios de comunicación venden más cuando tratan estos temas; cuanta más carnaza sensacionalista sueltan, más venden y mayor influencia consiguen.
Además, en otros campos la información es veraz; por tanto, ¿por qué dudar de lo que dicen los periódicos, las revistas y la TV? Por otro lado, ¡sería tan bonito corregir todos los problemas de aspecto y relaciones interpersonales sólo con la dieta X para perder peso!
Creer en una dieta mágica es como creer que a uno le va a tocar la lotería, hay esperanza, aunque irracional.
El término «absurdo» aplicado a las dietas se refiere a la base científica a partir de la cual se edifica el planteamiento de la dieta.
Por eso son absurdas la dieta del melocotón o la del pomelo, pues no aportan explicaciones —carecen de ellas— del gran interés que centran en determinado alimento.
Pero lo absurdo es lo mágico y lo que aceptamos —o creemos— funciona sin que entendamos por qué. Lo mágico subyuga al hombre, que querría ver resueltos sus problemas de modo súbito, instantáneamente, sin esfuerzo, mágicamente.
La persona que se siente rechazada por su sobrepeso sueña con perder peso sin esfuerzo, rápidamente, consiguiendo así la sociabilidad y popularidad que le son negadas.
Por eso sueña y cae en las trampas que le tienden los avispados timadores que aseguran resultados inmediatos, seguros y efectivos por una módica contraprestación. Hay pocos métodos efectivos para perder peso, uno de los pocos es el nuestro.
El paciente quiere por encima de todo creer, centrar su ansia en una posibilidad, por remota que sea, de que le salga bien, de que adelgace con el procedimiento que se plantea; quiere mantener viva la esperanza de redención.
En épocas de depresión económica, los juegos de azar: loterías, bingos, etc., tienen un gran predicamento, sobre todo entre las clases más desfavorecidas, que esperan el milagro que resolverá sus problemas.
Tal vez la pervivencia de tanta dieta absurda o mágica —como se prefiera— tenga que ver con este deseo íntimo del que necesita corregir sus defectos.
Esta necesidad de creer en algo no siempre es torticera y utilizada para desplumar al incauto; un ejemplo positivo es el que contaron hace un par de años sobre una dieta curiosísima fue, al parecer, funcionaba bastante bien en un determinado colectivo de cocineras.
- Se trata de la dieta del ajo; se pela un diente de ajo grande y se inserta cuidadosamente en el ombligo de la persona que se va a someter a dieta de adelgazamiento.
El ajo se lleva todo el día y debe procurarse no molestarlo, la dieta consiste sólo en esto.
Lo que molesta al ajo es, sobre todo, comer entre horas, picar; si el ojo se molesta, la dieta no funciona porque éste no aporta sus efluvios misteriosos a la zona visceral. La dieta funciona —siempre que no se moleste al ajo, claro está— porque se reduce drásticamente la ingesta.
Cada vez que una cocinera va a probar algo piensa en el ajo y para que no se enfade no se toma una porción de la comida.
Tal vez la dieta funcionase también con una avellana —no me consta que se haya probado—; al menos su influencia en las relaciones con los demás siempre sería menos marcada. - La dieta del limón es conceptualmente muy simple: debe incluirse todas las mañanas el zumo de unos cuantos limones sin azúcar.
El ácido disuelve la grasa, como sabe todo el que escuche anuncios de detergentes, y el limón es uno de los aromas típicos de los limpiadores —el otro es el olor a pino, pero tomar pinos no resulta muy adecuado como dieta—.
En realidad, el exceso de ácido de tanto limón es perjudicial para el cuerpo, sobre todo para los dientes.
No aporta nada nuevo y eso de que disuelve la grasa —los de la dieta del pomelo también lo dicen— es pura imaginación, no vas a perder peso de ninguna forma, a pesar de que es común oír testimonios de que se nota como se quema la grasa cuando se muerde un fruto cítrico muy ácido.




