La característica definitoria de las dietas para adelgazar monótonas es precisamente que siempre aportan lo mismo, disminuyendo al máximo la variedad, lo que afecta a su palatabilidad y a la aportación de micro componentes.

Las dietas para reducir el peso repetidas cansan y las personas pierden interés por la comida si ésta siempre es idéntica y a la larga vuelven a recuperar el peso perdido.

Esto mismo ocurre con los animales experimentales. Las ratas de laboratorio se alimentan de un pienso compuesto, que aparentemente no proporciona ningún placer especial; cada día comen más o menos lo mismo, lo justo para mantenerse funcionando en buenas condiciones y dependiendo de la composición del pienso. Si a estos animales se les ofrecen alimentos sabrosos, ricos en energía o simplemente variados, comen más y disfrutan el placer de contrastar sabores, de reconocer, rememorar, descubrir y paladear.

Lo mismo ocurre con el hombre.

Por tanto, la monotonía podría ser un aliado de las dietas restrictivas al inducir a comer simplemente lo justo, pero no es así; tal vez se come menos de una dieta monótona, pero no tiene por qué comerse menos de lo que se necesita.

Se pasa tanta hambre comiendo una dieta de adelgazamiento monótona que con una dieta sabrosa y variada; con la ventaja para esta última de que, al menos, cuando se come se disfruta —que ya es algo—, lo que pocas veces puede decirse de la dieta repetitiva.

Muchas formulaciones dietéticas caen en la monotonía, tanto las dietas equilibradas como las cetogénicas e incluso las disociadas, si la alternancia se limita mucho.

El colmo de las dietas monótonas lo constituyen las dietas formadas de un plato único diario, como ocurre con algunas dietas de muy bajo contenido calórico, que se limitan a unos pocos batidos —de sabores fijos— al día.

La dieta de Dole es un ejemplo de plato único que une a la monotonía la peligrosidad: se basa en la preparación de una pasta de leche en polvo y aceite con agua y fructosa. Ingerir este plato único constituye un buen ejercicio de masoquismo, pues además de su falta de variedad y probable sabor deplorable, es una dieta insuficiente desde el punto de vista de los micro-componentes, relativamente pobre en proteína y con un aporte glucídico inadecuado.

Un grupo particular de dietas monótonas para adelgazar es el las dietas deficitarias que se basan en consumir un determinado alimento —generalmente una fruta— en cantidades considerables en detrimento de otras aportaciones nutricias: dietas del pomelo, del plátano, etc. Cabe añadir a esta serie la dieta del melocotón, probablemente inventada por un fabricante de conservas vegetales y que consiste en comer casi exclusivamente melocotón en almíbar.

Es sorprendente cómo algunas de estas dietas pueden llegar al público y aún más increíble cómo puede haber gente dispuesta a seguir absurdidades de este calibre.

Las dietas monótonas lo son muchas veces por falta de imaginación del que las postula ya que la enorme riqueza de alimentos de que disponemos permite conseguir un número prácticamente ilimitado de combinaciones de alimentos para conseguir dietas con la composición de nutrientes adecuada, de un aporte calórico ajustado y que proporcionen una cantidad suficiente de micro nutrientes.

La monotonía procede en parte del desconocimiento y del carácter mágico que suele darse a algunos planteamientos dietéticos formulados con conocimiento, amén de otras constricciones que el dietista no siempre está dispuesto a superar.

Si en una dieta se incluye, por ejemplo, un vaso de leche con tostadas y margarina para desayunar y se justifica la leche como principal aporte de calcio de todo el día, pocos serán los dietistas que se atrevan a suprimir la leche o cambiarla por queso —si no es queso fresco, pobre en grasa— u otro material, sin importar demasiado que luego se añada margarina.

En cambio, puede ser mucho más divertido tomar un bocadillo de pan con jamón —ibérico, de pata negra, si es posible—, cuya grasa —rica en ácido oleico— es mucho mejor que la de la margarina, cuya proteína sabe mejor que la de la leche y que con un pan crujiente untado con tomate supera organolépticamente a los tristes bizcotes con margarina.

Todo con el mismo aporte calórico y de nutrientes, pero muchísimo más agradable e incluso saludable. Esto no quiere decir que algún día se pueda tomar la leche con tostadas,

por supuesto; lo malo es tomarla cada día, un día tras otro a la misma hora, con el vaso de la misma forma y puesto en la bandeja en el mismo sitio, sobre todo si a uno no le gusta la leche o le sienta mal.

Hay una excepción a las dietas monótonas, la alimentación del niño y del anciano. Los niños necesitan una rutina fija para adquirir seguridad, igual que muchos ancianos en diversos grados de desvalimiento.

En estos casos, la tentación de seguir rutinas estrictas que impliquen también dietas monótonas es muy fuerte, pero debe resistirse para evitar que la ingestión repetida lleve a la fijación de un abanico limitado de opciones en los niños y a la aportación restringida de algún micro nutriente en niños y ancianos.

Este problema se puede corregir con dietas en las que se incluyan platos combinados, con una cierta variedad de alimentos en un mismo plato, o se establezcan rutinas dilatadas en el tiempo --como hacen muchas escuelas, que sirven legumbres, pasta, patatas etc., en días sucesivos pueden aportar la necesaria variación.

En definitiva, al formular una dieta para adelgazar, sea del tipo que sea, debe utilizarse la imaginación y pensar en las necesidades —no sólo en las estrictamente nutricias— de las personas a las que van destinadas, sin olvidar nunca que al comer también podemos disfrutar, y que vale la pena hacerlo aun cuando sigamos una dieta restrictiva de adelgazamiento.

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