Dietas para Perder Peso de Bajo Contenido Calórico. ¡A fondo...!
Fecha: 18/01/08
Las dietas para perder peso de bajo contenido calórico constituyen el grupo más numeroso, importante y utilizado de dietas disponibles para el tratamiento de la obesidad y el sobrepeso.
El mayor aporte calórico de las dietas de muy bajo contenido energético, entre 4 y 5 MJ/día, que en algunos casos llegan a mínimos de 3,5 MJ o máximos de 5,5 MJ/día —800-1.350 kcal—, hace que en su formulación puedan integrarse muchos más componentes que en el ayuno modificado con proteína, que es en suma lo que constituyen las dietas de muy bajo aporte energético.
Prácticamente se han descrito y probado todas las posibles combinaciones de proporciones de glúcidos y lípidos con proteínas, obteniéndose así un sinfín de formulaciones diversas en las que el principal énfasis se ha puesto en un componente u otro: fibra, glúcidos, ausencia de glúcidos, grasas, ausencia de grasas, vitaminas, proteína, características de la proteína, asociación de ésta con los lípidos, etc. Hay planteamientos más eficaces y logrados que otros, pero en general el aspecto clave de su utilización es conseguir una pérdida moderada y limitada de peso a lo largo de períodos de tiempo preestablecidos, que no suelen ser excesivamente prolongados.
Dado que el déficit calórico no es muy importante, es relativamente sencillo para el organismo llegue a igualar en su consumo energético lo que se aporta con la ingesta, de modo que al cabo de un cierto tiempo van perdiendo eficacia al reducirse las diferencias entre lo que se consume y lo que se ingiere.
Este factor ya limita su utilización en el tiempo, independientemente de otras consideraciones, como pueden ser la eficacia, la capacidad de aguante del paciente y el agotamiento relativo de la capacidad del organismo para hacer frente a eventuales déficit continuados de nutrientes.
Al igual que en el caso de las dietas más fuertemente hipocalóricas, el aspecto clave que determina el mínimo de efectos peligrosos para el organismo es el nivel y la calidad de la proteína que contiene.
Una dieta fuertemente proteica, con proteína de elevada calidad biológica, puede tener efectos positivos sobre el balance nitrogenado y sobre el funcionamiento del recambio proteico, pero una buena parte de esta proteína se utilizará plenamente para obtener energía o fabricar glucosa, dejando una gran cantidad de nitrógeno residual, que deberá ser destoxificado como urea y eliminado al exterior con la orina.
Una concentración elevada de proteína en la dieta para adelgazar favorecerá esta destrucción, igual que la ausencia de glúcidos o una concentración muy baja de éstos.

De nuevo nos encontramos con la insalvable dificultad de conseguir que en 4 o 5 MJ quepan los nutrientes energéticos y cerca de 1 MJ de proteína y que esta aportación constituya alrededor del 15 % del total de alta calidad biológicos que haya una aportación significativa de glúcidos, con predominio de almidones de digestión lenta y que además haya un pequeño aporte de lípidos con ácidos grasos esenciales en cantidad suficiente.
No es factible ajustar la proporción de proteínas, manteniendo la cantidad global de éstas, pero se pueden conseguir buenas dietas manteniendo la proteína en el margen de 0,8-1 MJ por día y completando prácticamente el resto de la dieta con una juiciosa distribución de féculas y azúcares, con una pequeña aportación lipídica y una significativa presencia de fibra no digerible.
Sobre esta «receta» básica cabe un gran número de variaciones utilizando alimentos naturales, variados y repartiendo esta energía en varias comidas para acomodarse al máximo a los hábitos alimentarios de la persona.
Quien se someta a una dieta hipocalórica debería, además, poder gozar del placer de comerla, sin que por el tipo o masa de alimentos recibidos se le recuerde que está tomando unos determinados materiales con finalidades terapéuticas; además de satisfecho debe quedar saciado, de modo que no le aceche la sensación de hambre a lo largo de todo el período en que está siendo sometido a la dieta.
Estos condicionantes son difíciles de cumplir en todos los casos, sobre todo por personas habituadas a ingerir grandes cantidades de alimento o por aquellos que por lo general rehúyen tomar comida de escasa densidad energética, como las verduras, o por los individuos acostumbrados a tomar dietas muy ricas en grasas.

La mayoría de las dietas equilibradas, útiles para el tratamiento del sobrepeso, caben dentro de este grupo de dietas de bajo contenido calórico. Son las dietas que menos posibles consecuencias negativas pueden traer consigo, por ser bastante respetuosas con la proteína propia y evitar que el organismo caiga en una peligrosa cetosis.
Dado que la limitación —a veces casi total— de la presencia de glúcidos en estas dietas de adelgazamiento implica que sus principales efectos sean la inducción de cetosis, estas dietas se tratan como dietas cetogénicas, a pesar de que desde el punto de vista calórico sigan siendo dietas de bajo contenido en energía.
Lo mismo puede decirse de las dietas que aportan poca cantidad de proteína, manifiestamente insuficiente para cubrir las necesidades del organismo en condiciones de limitado aporte energético.
Al ser dietas deficitarias en proteína se tratan como dietas deficientes. De hecho, si en la larga lista de dietas de bajo contenido energético que existen separamos las dietas por su contenido en proteína y glúcido —directamente relacionado con aquélla por su efecto protector de la proteína propia— en dos grupos: un grupo de dietas deficitarias en proteína y un grupo de dietas cetogénicas —ricas en proteína y lípido, deficitarias en glúcido—, lo que nos queda son esencialmente dietas más o menos equilibradas, dietas cuyo consumo comporta poco peligro.
Por supuesto, caso aparte son las dietas disociadas y las que no obedecen a ningún razonamiento científico o experimental en su formulación, dietas postuladas por razones no ya para-científicas, sino simplemente absurdas.

En muy raras ocasiones quien diseña una nueva dieta hipocalórica destinada a tratar la obesidad es un reconocido profesional, aunque esto no representa una garantía definitiva de que acierte en su formulación, ya que en eso de las dietas, como en cualquier otra faceta del avance científico, lo que es bueno en un momento determinado deja de serlo una vez conocemos un poco más el proceso y sus componentes.
Esto es aplicable al ayuno terapéutico, las dietas líquidas y las dietas equilibradas de bajo contenido calórico de los años noventa.
Podemos afirmar que las dietas para perder peso de bajo contenido energético equilibradas y, por tanto, seguras y útiles, serían todas las que aportan una cantidad suficiente de proteína, de la cual al menos una parte importante debe ser de alta calidad biológica: de 50 a 70 g/día —0,8 a 1,2 Mj o 200280 kcal—;suplementada con glúcidos, mayoritariamente féculas: de 180 a 240 g/día —3 a 4 MJ o 700-950 kcal—, con una limitada presencia de lípidos, esencialmente grasas ricas en ácidos grasos poli saturados esenciales: 7-10 g/día —0,3 a 0,4 MJ o 60-90 kcal. Todo ello complementado por una cantidad adecuada de micro componentes.
El mayor aporte calórico de las dietas de muy bajo contenido energético, entre 4 y 5 MJ/día, que en algunos casos llegan a mínimos de 3,5 MJ o máximos de 5,5 MJ/día —800-1.350 kcal—, hace que en su formulación puedan integrarse muchos más componentes que en el ayuno modificado con proteína, que es en suma lo que constituyen las dietas de muy bajo aporte energético.
Prácticamente se han descrito y probado todas las posibles combinaciones de proporciones de glúcidos y lípidos con proteínas, obteniéndose así un sinfín de formulaciones diversas en las que el principal énfasis se ha puesto en un componente u otro: fibra, glúcidos, ausencia de glúcidos, grasas, ausencia de grasas, vitaminas, proteína, características de la proteína, asociación de ésta con los lípidos, etc. Hay planteamientos más eficaces y logrados que otros, pero en general el aspecto clave de su utilización es conseguir una pérdida moderada y limitada de peso a lo largo de períodos de tiempo preestablecidos, que no suelen ser excesivamente prolongados.
Dado que el déficit calórico no es muy importante, es relativamente sencillo para el organismo llegue a igualar en su consumo energético lo que se aporta con la ingesta, de modo que al cabo de un cierto tiempo van perdiendo eficacia al reducirse las diferencias entre lo que se consume y lo que se ingiere.
Este factor ya limita su utilización en el tiempo, independientemente de otras consideraciones, como pueden ser la eficacia, la capacidad de aguante del paciente y el agotamiento relativo de la capacidad del organismo para hacer frente a eventuales déficit continuados de nutrientes.
Al igual que en el caso de las dietas más fuertemente hipocalóricas, el aspecto clave que determina el mínimo de efectos peligrosos para el organismo es el nivel y la calidad de la proteína que contiene.
Una dieta fuertemente proteica, con proteína de elevada calidad biológica, puede tener efectos positivos sobre el balance nitrogenado y sobre el funcionamiento del recambio proteico, pero una buena parte de esta proteína se utilizará plenamente para obtener energía o fabricar glucosa, dejando una gran cantidad de nitrógeno residual, que deberá ser destoxificado como urea y eliminado al exterior con la orina.
Una concentración elevada de proteína en la dieta para adelgazar favorecerá esta destrucción, igual que la ausencia de glúcidos o una concentración muy baja de éstos.

De nuevo nos encontramos con la insalvable dificultad de conseguir que en 4 o 5 MJ quepan los nutrientes energéticos y cerca de 1 MJ de proteína y que esta aportación constituya alrededor del 15 % del total de alta calidad biológicos que haya una aportación significativa de glúcidos, con predominio de almidones de digestión lenta y que además haya un pequeño aporte de lípidos con ácidos grasos esenciales en cantidad suficiente.
No es factible ajustar la proporción de proteínas, manteniendo la cantidad global de éstas, pero se pueden conseguir buenas dietas manteniendo la proteína en el margen de 0,8-1 MJ por día y completando prácticamente el resto de la dieta con una juiciosa distribución de féculas y azúcares, con una pequeña aportación lipídica y una significativa presencia de fibra no digerible.
Sobre esta «receta» básica cabe un gran número de variaciones utilizando alimentos naturales, variados y repartiendo esta energía en varias comidas para acomodarse al máximo a los hábitos alimentarios de la persona.
Quien se someta a una dieta hipocalórica debería, además, poder gozar del placer de comerla, sin que por el tipo o masa de alimentos recibidos se le recuerde que está tomando unos determinados materiales con finalidades terapéuticas; además de satisfecho debe quedar saciado, de modo que no le aceche la sensación de hambre a lo largo de todo el período en que está siendo sometido a la dieta.
Estos condicionantes son difíciles de cumplir en todos los casos, sobre todo por personas habituadas a ingerir grandes cantidades de alimento o por aquellos que por lo general rehúyen tomar comida de escasa densidad energética, como las verduras, o por los individuos acostumbrados a tomar dietas muy ricas en grasas.

La mayoría de las dietas equilibradas, útiles para el tratamiento del sobrepeso, caben dentro de este grupo de dietas de bajo contenido calórico. Son las dietas que menos posibles consecuencias negativas pueden traer consigo, por ser bastante respetuosas con la proteína propia y evitar que el organismo caiga en una peligrosa cetosis.
Dado que la limitación —a veces casi total— de la presencia de glúcidos en estas dietas de adelgazamiento implica que sus principales efectos sean la inducción de cetosis, estas dietas se tratan como dietas cetogénicas, a pesar de que desde el punto de vista calórico sigan siendo dietas de bajo contenido en energía.
Lo mismo puede decirse de las dietas que aportan poca cantidad de proteína, manifiestamente insuficiente para cubrir las necesidades del organismo en condiciones de limitado aporte energético.
Al ser dietas deficitarias en proteína se tratan como dietas deficientes. De hecho, si en la larga lista de dietas de bajo contenido energético que existen separamos las dietas por su contenido en proteína y glúcido —directamente relacionado con aquélla por su efecto protector de la proteína propia— en dos grupos: un grupo de dietas deficitarias en proteína y un grupo de dietas cetogénicas —ricas en proteína y lípido, deficitarias en glúcido—, lo que nos queda son esencialmente dietas más o menos equilibradas, dietas cuyo consumo comporta poco peligro.
Por supuesto, caso aparte son las dietas disociadas y las que no obedecen a ningún razonamiento científico o experimental en su formulación, dietas postuladas por razones no ya para-científicas, sino simplemente absurdas.

En muy raras ocasiones quien diseña una nueva dieta hipocalórica destinada a tratar la obesidad es un reconocido profesional, aunque esto no representa una garantía definitiva de que acierte en su formulación, ya que en eso de las dietas, como en cualquier otra faceta del avance científico, lo que es bueno en un momento determinado deja de serlo una vez conocemos un poco más el proceso y sus componentes.
Esto es aplicable al ayuno terapéutico, las dietas líquidas y las dietas equilibradas de bajo contenido calórico de los años noventa.
Podemos afirmar que las dietas para perder peso de bajo contenido energético equilibradas y, por tanto, seguras y útiles, serían todas las que aportan una cantidad suficiente de proteína, de la cual al menos una parte importante debe ser de alta calidad biológica: de 50 a 70 g/día —0,8 a 1,2 Mj o 200280 kcal—;suplementada con glúcidos, mayoritariamente féculas: de 180 a 240 g/día —3 a 4 MJ o 700-950 kcal—, con una limitada presencia de lípidos, esencialmente grasas ricas en ácidos grasos poli saturados esenciales: 7-10 g/día —0,3 a 0,4 MJ o 60-90 kcal. Todo ello complementado por una cantidad adecuada de micro componentes.




